El sinsentido común, columna

El sinsentido común, columna

Lunes, 14 de agosto de 2017.- Generalmente tengo dos tipos de certezas: aquellas de las que estoy convencido porque me parecen fundadas en hechos o en experiencias que por repetirse una y otra vez no me dejan lugar para dudas, y otras que no tengo modo de comprobar y que pese a ser meras impresiones se me imponen y las admito porque, sencillamente, no me puedo rehusar.

De esta segunda clase es la certeza que se ha venido incubando en mí desde hace un tiempo. Me refiero a la impresión de que todo el mundo, incluyéndome, ha perdido el sentido común. O expresado de una manera más enfática: tengo la sensación de que todos estamos rematadamente locos y que los más cuerdos son como Don Quijote: sensatos y ecuánimes mientras no se les toque el tema que los pone a delirar. La mayoría, empero, delira permanentemente.

Hace unos años, por ejemplo, no me resultaba tan extraordinario encontrar personas que jerarquizaban los asuntos: que concebían muy claramente la frontera entre lo importante y lo trivial; lo universal y lo particular, y que platicaban sin mezclarlos; también, había una separación obvia entre lo que venía a cuento, lo pertinente y lo que no tenía relación, lo impertinente. Ahora no sólo se mezcla todo con todo, sino que se da una descomunal desproporción entre la causa y sus efectos: a un disparate puede seguir una masiva y ensañada persecución que termina en la muerte.

Es más, hoy mismo dudo de que alguna vez haya existido algo así como el sentido común. Huir hacia afuera y no hacia adentro; apartarse del fuego en lugar de arrojarse a la hoguera. Apagar la luz para estar a oscuras… Todas esas tautologías que uno podía dar por sentadas y comunicarlas sin rodeos a los demás. Hoy no se sabe si el otro va a compartir con uno lo que se llamaban juicios apofánticos: “si hay sol es de día y por consiguiente no es de noche”…

El hecho de que países enteros entren en suspenso por contemplar el ir y venir de una pelota; que los políticos en campaña prometan beneficios para la población equivalentes a 10 o 20 veces el producto interno bruto; que el sentón de un niño alcance millones y millones de reproducciones en la web; que un objeto que gira para nada esté en las manos de toda la gente, y que esa misma gente tenga las narices metidas en una pantalla dos tercios del día, todos los días… me hace imposible imaginar que la humanidad actual, a la que pertenezco con pleno derecho, haya tenido alguna vez unos ancestros juiciosos.

Al parecer, el sentido común no es, como temía, una especie en extinción, sino una especie de alguna zoología fantástica que nunca existió más que en las alucinaciones extáticas de un loco empedernido que, por supuesto, no sabía de qué hablaba. Esta es mi certeza subjetiva. No tengo ninguna prueba, pero esta es la impresión que me anda dando el mundo.

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